
Hubo un tiempo en que el cine no le tenía miedo a lo sagrado. Películas como Ben-Hur, The Ten Commandments o Jason and the Argonauts no necesitaban justificar su relación con el mito: simplemente la asumían. El héroe estaba marcado, el viaje era inevitable y el mundo respondía a fuerzas que aplastaban al individuo.
No hacía falta explicar la psicología de nadie porque el conflicto no ocurría dentro del personaje, sino fuera: en los dioses, en la ley, en el destino.

Pero con la modernidad cinematográfica, ese gesto empezó a resultar sospechoso. Tras la guerra y el auge del psicoanálisis, los dioses empezaron a parecer excesivos, ingenuos o, peor aún, peligrosos. El cine no dejó de contar las mismas historias, pero aprendió a esconder el mito en el doble fondo de la neurosis.
Martin Scorsese no filmó una epopeya con Taxi Driver, pero el descenso al inframundo de Travis es literal. Francis Ford Coppola no invocó a ninguna deidad en Apocalypse Now, pero el viaje por el río es el mismo que el de cualquier héroe clásico. The Godfather es una tragedia griega sin panteón, y There Will Be Blood levanta a un titán sin necesidad de nombrar fuerzas superiores.
El mito no se fue; se interiorizó. El conflicto dejó de gobernar el mundo para gobernar la mente.

El héroe que lleva el bosque por dentro
Este desplazamiento nos cambió la mirada. Donde el mito convertía los miedos en pruebas físicas y monstruos externos, el cine moderno los tradujo a trauma y patología. Lo que antes se sacaba fuera para poder ser atravesado, ahora se encierra para ser analizado. Ganamos profundidad, sí, pero perdimos la distancia simbólica. El héroe ya no cruza el bosque: ahora el bosque es su depresión.
Mientras el cine se enredaba en esa operación de ocultamiento, otro medio crecía sin esos complejos. Un medio joven, a menudo desprestigiado, que no le debía nada a la tradición literaria. El videojuego hizo lo que el cine había aprendido a evitar: nombrar a los dioses y devolver el conflicto al mapa.
Cuando God of War te pone frente a Ares o Zeus, no está haciendo una adaptación académica; está convirtiendo la mitología en una experiencia física, muscular. Cuando Ōkami te transforma en la diosa Amaterasu a través del trazo, el mito deja de ser un relato para ser acción pura. Y cuando Hades convierte el Inframundo en un ciclo de muerte y aprendizaje, recupera lo más importante: el mito como rito, no como explicación.

La mecánica como ritual de transformación
En el videojuego, el conflicto no se interpreta; se juega. Morir no es una metáfora elegante sobre el fracaso; es una mecánica que te obliga a levantarte. En títulos como Dark Souls o Hellblade: Senua’s Sacrifice, no observas una transformación: la sudas.
Hellblade es, seguramente, el puente perfecto: proyecta una psicosis interna como un viaje mitológico externo. Convierte el trauma en un jefe final al que hay que vencer con reflejos y voluntad. El conflicto vuelve a estar en el mundo, en lo que tocas y lo que te golpea, y no solo encerrado en la cabeza del protagonista.

El retorno de lo arcaico
Parece que el cine ha empezado a notar que algo falta. De pronto, aparecen películas que ya no intentan traducir el mito a términos terapéuticos. The Green Knight se atreve con el silencio y la prueba sin darnos un manual de instrucciones. The Northman es una venganza arcaica filmada sin rastro de ironía. Dune vuelve a hablar de linaje y destino sin pedir perdón por no ser un drama psicológico de cámara.
Incluso el hecho de que Christopher Nolan quiera adaptar La Odisea es una señal. Nolan, tan dado a la explicación técnica y al logos, se enfrenta ahora al mythos en estado puro. Habrá que ver si es capaz de filmar a Poseidón sin traducirlo inmediatamente al lenguaje de la explicación técnica.
Al final, el videojuego ha demostrado que no huimos de lo arcaico si se nos ofrece como experiencia y no como discurso. El mito solo necesita tres cosas para sobrevivir: distancia, prueba y repetición. Durante décadas, esas condiciones han estado más presentes en el mando que en la butaca. Pero los dioses no son fieles a ningún formato.
Solo esperan que dejemos de esconderlos bajo el sofá de la psicología.

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